Cuento de Navidad de un viejuno madridista

“El Madrid es un cáncer para el baloncesto español”

“Claro, no sacan canteranos nacionales y dejan en cuadro la selección”

“Con el dinero del fútbol todo es más fácil”

“Con todos los ingresos de la ACB no se cubren las pérdidas del Real Madrid, que vergüenza”

“Nos multiplican por 10 el presupuesto, pese a perder, estoy orgulloso de mi equipo”

“La esencia del baloncesto está en otros clubes, no en el Real Madrid”

“Es que son madridistas todos, desde los árbitros hasta los comentaristas”

 

Recibiendo estos mensajes durante demasiado tiempo, hace que el cansancio asome, y pida entrar a gritos en cuerpo y alma de los madridistas de la canasta. Hasta los más reacios a recibir impunemente esa sarta de… ¿verdades?, ¿dogmas?, ¿topicazos sin fuste?, tienen que descansar y desconectar para que los bajos instintos no tomen el mando. Reconozco que a veces es mi caso, y probablemente continuará siéndolo. En una de esas diatribas, no queda otra que intentar aplicar la filosofía, y que mejor filosofía para desconectar del baloncesto con más baloncesto.

La suerte de conocer a la persona adecuada, me permite visionar de vez en cuando partidos históricos. Tengo a mano uno bastante especial, de la década de los 60. Hace casi 60 años. Con una calidad envidiable, me presto a disfrutar de las evoluciones de los blancos en un torneo francés. Parece que es algo parecido a lo que posteriormente se convirtió en nuestro torneo de navidad, pero en tierras galas. Consigo distinguir entre los jugadores a unos jovencísimos Emiliano y Sevillano. Pero destaca la figura del único jugador de raza negra en la cancha, Wayne Higthower. El partido es de otra época, un baloncesto mucho más lento, los fundamentos ofensivos y defensivos son mucho más arcaicos y forzados. Todo cambia cuando llega el balón a las manos de Higthower. Está por encima de los dos equipos allí presentes, en cuanto a calidad y físico. Parece un padre jugando con niños. Durará poco en el Real Madrid, se irá a la NBA y tendrá una gran carrera. Sólo los Celtics evitarán que gane el anillo. Es un superclase jugando en el Real Madrid. Mientras observo su festival, en un momento dado, no puedo dejar de entrecerrar los ojos… y varias imágenes empiezan a llegar…

Veo a un grupo de puertorriqueños jugar con la camiseta blanca…estudiantes que vienen a España intentando con esa acción evitar ser alistados en el ejército… jugando en pistas al aire libre un nuevo deporte que empieza a nacer…

Veo a la mujer de Santiago Bernabéu convenciendo a su marido de que la sección de baloncesto, si, es deficitaria, pero hay que seguir con ella, que es imagen del club y seguro que dará muchos triunfos y satisfacciones al club, a Madrid y a todo el país.

Veo la figura de un estadounidense, Clifford Luyk, paseando por la plaza roja de Moscú, en sus gestos y lenguaje corporal se aprecia todo, alegría, nerviosismo, incertidumbre. Un yankee en esa época en el corazón del comunismo. Sólo lo ha logrado el baloncesto y el Real Madrid. La disputa de la copa de Europa por momentos parece secundario. Se está escribiendo una historia que hoy parece absurda. El viaje a un país que no existe para la vieja España franquista.

Veo a Pedro Ferrándiz llamando a Alocén…. “tienes que meter un tiro en nuestra canasta” el público de Varese, casi invadiendo la pista… Lolo Sainz atento a lo que iba a pasar… hay que perder el partido, no se puede jugar una prórroga… y el balón está en la banda…

Veo a un imberbe y con pelazo Juan Antonio Corbalán jugando los últimos minutos de la final de una copa de Europa contra el poderoso Varese. Los italianos, atacan al juvenil, confiados en que será presa de los nervios e inexperiencia. Craso error. El joven de Usera, no pierde la compostura ni falla los tiros libres.

Veo a un fantástico tirador, Walter, anotando más puntos que nadie contra el Breogán. Marcando un récord. Como nadie lo supera, en años venideros una organización intentará acallar y que se olviden de esos números.

Veo un pabellón del Real Madrid abarrotado, con la ilusión de clasificarse para una nueva final europea. Además, está a punto de ser derrotado el gran enemigo, el Varese. Sólo hace falta que un jugador anote los tiros libres. Es buen lanzador, hay confianza. Prada se dispone a ello, y se dirige hacia la línea…

Veo a un Maccabi arrogante, con el pabellón lleno, con judíos procedentes de toda Europa. Pero tienen que hincar la rodilla ante unos blancos que vuelven a reinar. La leyenda Miki Berkowitz no puede sino felicitar a los españoles mientras una mueca de desilusión surca su rostro.

Veo a un mocetón, Fernando Martín, librando batallas con … se va la imagen, parece que está demasiado usada. No importa, sé que siempre estará ahí.

Veo a Ramón Mendoza mientras enciende un cigarro satisfecho. Acaba de finiquitar el fichaje que Lolo le había pedido. El yugoslavo de los rizos jugará de blanco. Y encima se lo ha birlado al Barcelona. Ese cigarrillo sabe especial.

Veo a diferentes directivos y empleados a través de la historia. Batallando, trabajando y sufriendo por una sección a rebufo del fútbol siempre. Batallando, trabajando y sufriendo muchas veces por un trato desigual y residual. Por parte de su propio club y de casi todos los demás.

Veo a Arvydas Sabonis ganando una partida de la pocha en el AVE. Ante tal alegría por su proeza, lo que no ha hecho nunca peleando con pívots de todo el planeta, logra arrancarlo una partida de cartas. Se pone de pie y empieza a imitar a Chiquito de la Calzada. Un gigante en Chiquitistán.

Veo a Ignacio Pinedo tumbado en el banquillo. Las asistencias llegan corriendo, pero no es suficiente. Hay como una especie de nebuloso un tanto desagradable alrededor de todo lo que es el baloncesto blanco. Cuesta quitarla de en medio. No se quiere ir.

Veo a George Karl, tomando el metro para ir al Palacio de los deportes. Termina casi en Getafe. En los USA también tienen sus Paco Martínez Soria.

Veo a Fernando Romay recibiendo sus primeras zapatillas de su número. Vienen de Estados Unidos. Su alegría es desbordante. Ya no tendrá que agujerear la punta de otras en las que apenas cabe su pie.

Veo a Alberto Herreros en el pabellón del Baskonia. Está en el vestuario, sentado, sólo, con las manos en la cabeza. Medita lo que ha pasado hace una hora. A su alrededor, la algarabía de estar viviendo un momento único e histórico.

Veo a Messina. Una noche sin dormir, pensando pensando. Han sido dos años muy duros. Demasiado. Ha llegado el momento, no puede seguir. “Lo dejo”, piensa para sí.

Veo a Pablo Laso, descolgando el teléfono de su casa en Vitoria. Es su agente. “Pablo, el Real Madrid quiere que seas su entrenador”.

Veo a un señor. Parece ser que es encargado de cantera del Real Madrid. Termina su cigarrillo, y lo aplasta en el suelo.  En el pabellón, se acerca la figura de un padre. Está serio  pero tranquilo. El padre lleva de la mano a un chaval de once años. Tras las presentaciones de rigor, llega el momento de hablar con el niño. “Luka, ¿te gustaría venir a España a jugar en el Real Madrid?” El niño mira a su padre con la boca abierta de emoción. El padre, no puede sino sonreír.

Vuelvo a abrir los ojos. Ya no está Higthower en la pantalla. Ahora el color inunda, en 4k. Ya no es un Torneo de Navidad, es la llamada Euroliga. Sobre los jugadores presentes, destaca uno. Un mocetón rubio y joven que hace de todo. Hasta mete una canasta desde su campo. La víctima es, de nuevo, el Barcelona, la antítesis de los blancos. Está claro que acabará en USA, como el jugador que veía en blanco y negro. El baloncesto cambia, el Real Madrid sigue, la historia se repite.

Miro a mi alrededor. No hay ningún fantasma de la Navidad. Pero la sonrisa vuelve a mi rostro. No necesitamos fantasmas, sólo la memoria para seguir siendo lo que somos.

FELIZ NAVIDAD, Y HALA MADRID

Óscar Antón Antón @Acidarro15

Oscar Antón Antón

Redactor 24segundosenblanco

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