#RMBVintage | Aquella Semana Santa de 1995

Martes, 11 de Abril de 1.995. Podría parecer un Martes Santo cualquiera, pero no lo era. De hecho no era una Semana Santa cualquiera. El destino quiso que esa Semana de penitencia el Real Madrid fuese a luchar por su tan anhelada octava Euroliga en su segunda presencia en una Final Four en apenas tres años. Y esta vez sería en casa. En España. En la bellísima ciudad de Zaragoza. Y ahí estaba yo ese martes por la tarde en mi Salamanca del alma. A mis 13 años y en plena adolescencia delante de esa caja cuadrada llamada televisor en la que había visto tantas alegrías y también alguna que otra tristeza de un equipo, una sección, y un club que me había atrapado unos años atrás para toda la vida.

Recién cogidas las tan ansiadas vacaciones de Semana Santa y ultimando los detalles para ir a pasarlas con la familia al bello paisaje del Valle Del Jerte extremeño me disponía a ver la semifinal que mi Real Madrid del alma jugaba contra el equipo que dos años antes nos bajó al barro en Atenas. Apenas un mes antes de este partido tan esperado entre Sabonis y Arlauckas se habían encargado de ajusticiar a la Cibona de Zagreb por la vía rápida en los Cuartos de Final, que ahora nuevamente nos tocaba medirnos al Limoges en semifinales.

Lograr el oscuro objeto del deseo empezaba por eliminar al equipo del gran Bozidar Maljkovic y su ejército de hombres fuertes y acostumbrados a jugar entre alambres de espino este tipo de partidos. Atrás quedaban la semifinal dos años atrás en donde nos condenaron al fuego eterno tras ganarnos 62-52, y la tormenta blanca en forma de venganza que supuso el 81-36 en la fase de grupos de la temporada siguiente en el Palacio de Deportes de Madrid.

Esto era otra historia muy diferente, y este grupo de soldados entrenados por el mejor de los sargentos como era Zeljko Obradovic había aprendido la lección de lo que era luchar entre alambradas y trincheras. De hecho se vio desde el minuto 1 de partido. Michael Young no se encontraba cómodo debido a la defensa de Ismael Santos, y Arlauckas y Sabonis empezaban a dejar claro que esto no iba a ser como dos años antes, que esto iba a ser completamente diferente.

A pesar de que el partido estaba transcurriendo al ritmo que quería el Limoges, el Real Madrid no perdía la delantera en el marcador jugando el partido con casco en la cabeza, cuchillo entre los dientes, y con un príncipe lituano y un guerrero americano que estaban resultando imparables para el conjunto galo. Ya en el descanso se vio que muy mal tendrían que darse las cosas en la segunda parte para que el Real Madrid no se llevase el partido. Ese 27-19 con el que acabó la primera parte, y viendo como estaba transcurriendo el choque, hicieron que mi rostro empezase a esbozar una sonrisa de alegría sabiendo que el primer paso hacia el tan deseado título estaba a punto de darse. Solo tuve que esperar veinte minutos más para corroborarlo ya que la segunda parte siguió por los mismos cauces que la primera. Michael Young (9 puntos en todo el partido) desquiciado, y Sabonis (21 puntos y 12 rebotes) ejerciendo como justiciero en el equipo blanco. El Real Madrid estaba dando al Limoges de la misma medicina con la que el Limoges vacunó al equipo blanco dos años antes en Atenas. Así se llegó al 62-49 final que permitía al Real Madrid jugar la final de la Euroliga diez años después de la última.

Mi sonrisa ya no se podía disimular y mi felicidad ya no se podía contener. Estábamos en la final. Daba igual que nos tocase Olympiacos o Panathinaikos en ella, que tuviésemos en frente a gente como Eddie Johnson y Volkov por un lado, o a Paspalj y Vrankovic por el otro. Esta era nuestra final, en nuestra casa, con nuestra gente, y con nuestra sangre. Y tenía clarísimo que no se nos iba a escapar. Además contábamos con el mejor, con el número 1, con un príncipe lituano que aun lastrado por las lesiones volvió a dejar claro que no ha habido, no hay,  y no habrá un pívot igual en la historia del baloncesto del viejo continente.

Mi optimismo rebosaba y no tenía dudas de que iba a ser nuestro momento, el que tanto llevábamos esperando. En un país en donde el fútbol era (y es) el deporte de masas ahí estaba yo ese 13 de Abril, ese Jueves Santo primaveral y con un tiempo magnífico en las preciosas tierras extremeñas, delante del televisor del bar del camping en el que estaba pasando esos días tan señalados dispuesto a ver EL PARTIDO. Debo confesar que estaba muy tranquilo porque, como ya he dicho antes, estaba convencido de que se iba a ganar esa final. Tenía exactamente el mismo pálpito que tuve ese 17 de Mayo de 2.015.

Y así fue porque esa final fue un partido muy parecido a la semifinal. Ismael Santos secando por completo a Eddie Johnson (9 puntos en esa final), que era la estrella indiscutible de aquel Olympiacos en el que Nakic y algo de Volkov conseguían que se mantuviesen como podían en esa final, y Sabonis (23 puntos y 7 rebotes) dominando a sus anchas en ambos lados de la pista con un fantástico Arlauckas como fiel y leal escudero. Desde el minuto 1 al minuto 40 se vio la clara superioridad del Real Madrid, algo que finalmente se transformó en la consecución de ese oscuro objeto del deseo tan deseado.

Dicen que la cara es el espejo del alma y con el mate final de Cargol lo comprobé en primera persona porque mi cara era el reflejo perfecto de la felicidad y la alegría, algo que se había apoderado de mi por completo con el bocinazo final y al ver al gran Chechu Biriukov elevar al aire el tan deseado trofeo. Era nuestra, la Octava estaba por fin en casa. Atrás quedaban esos años oscuros llenos de desgracias que Ricky Brown comenzó a disipar dos años antes en Nantes, y terminaron por irse del todo con la consecución de esta Euroliga tan deseada y tan anhelada. Una Euroliga que tenía un nombre propio; el de un Arvydas Sabonis que no solo fue mi pastor, sino que fue el pastor de todos los madridistas en esos tres días tan mágicos.

Esta Euroliga fue el regalo perfecto para una persona que se desvivió por la sección, que fabricó ese equipo campeón, y que por desgracia no pudo ver como su trabajo y su esfuerzo tuvieron su recompensa. Esta Euroliga no hubiese sido tal sin la figura de una persona como fue Mariano Jacquotot.

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