#RMBVintage | Drazen Petrovic, el mito

¿Quién no retó al rival con la lengua afuera y botando ostensiblemente el balón? El baloncesto era, allá en los profundos ochenta, un quehacer yugoslavo, burlón y efectivo. Y Petrovic, su profeta, venía al Real Madrid. El aborrecido y deseado jugador aterrizaba en septiembre de 1988 en España para vestir la camiseta del club que había desquiciado dos años consecutivos en Europa. Vino precedido por un centón de portadas que desafiaron la inercia futbolera de nuestra prensa deportiva. Basket 16 y Gigantes popularizaron aquel verano tanto sus rizos como Hola y Semana el bronceado de Carolina de Mónaco. Galáctico avant la lettre -una firma suya en una servilleta se hubiera convertido en la piedra rosetta del florentinismo-, nos mostró lo difícil que sería conjugar a partir de entonces jugador, compromiso y club. Estuvo sólo una temporada, pero fue una temporada inolvidable.

Aún resisten en la memoria los acrobáticos cambios de dirección con dribling por debajo de las piernas y por detrás de la espalda, los veloces reversos, las fintas de tiro sin antídoto y esa manera tan suya de tirar echándose encima del defensor. Gran anotador, confesó que lo que más le gustaba era dar una asistencia en contraataque. Todo lo que hacía era un reto para sí mismo y para el contrario. Fue un hombre para balones calientes y su compañero Quique Villalobos dijo que “con Drazen tenías la sensación de que ibas a ganar siempre, porque iba a meter la canasta decisiva o las tres que hicieran falta para ganar”.

Drazen Petrovic y Fernando Martín | Foto: MARCA

La final de la Recopa contra el Snaidero de Caserta permanece como un compendio de su estilo para lo bueno y para lo malo. Lolo Sainz ha reconocido que fue el cooperante necesario para que el egoísmo del croata se desbocara. Le pidió en el descanso menos asistencias y más puntos: “Mira, Drazen, nosotros necesitamos títulos”. Sus números en el encuentro, 62 puntos, con unos porcentajes magníficos (12/14 en tiros de dos, 8/16 en triples y 14/15 en tiros libres), acercaron tanto el campeonato al club como lo separaron de sus compañeros. Su falta de sintonía con Fernando Martín, el otro líder del vestuario, perdió desde entonces cualquier tipo de disimulo. En esta situación compareció el Madrid al final de la liga. Ante uno de los mejores Barças de la historia, al que habían derrotado en la Copa del Rey, los blancos, exhaustos, forzaron el quinto partido en el Palau. Un mermado Martín poco pudo hacer ante el poderío de Audie Norris. Y luego llegaron el escupitajo de Petrovic, el árbitro Neyro y el Madrid con sólo cuatro jugadores en cancha. Lo cierto es que la que iba a ser la Liga de Petrovic, no se la conoce como la Liga de Norris, sino la Liga de Neyro. Hasta en eso consiguió el croata que un rival no le hiciera sombra.

Lo que significa Petrovic para el madridismo no es comparable con lo que significó el Madrid para Petrovic. Utilizó al equipo blanco como escala para su llegada a la NBA, pero el contrato firmado se volvió una traba para un competidor absoluto que veía como Marciulionis, Divac y Radja podía cumplir antes que él el sueño americano. Todo el proceso fue una huida hacia adelante rocambolesca. Dijo abiertamente que se iba y se presentó en el viejo pabellón madridista el primer día de la pretemporada. Se fue demandando al Madrid y prometiendo, a la vez, que volvería.

Drazen Petrovic | Foto: AS

Pero a pesar de este desenlace, Drazen Petrovic ocupa un lugar especial en el corazón del madridismo. Su temprana muerte, y fatalmente unido también en esto a Fernando Martín, quizá sea la principal explicación a esta conducta. Pero tampoco descartemos el impacto que causó la parte de su carácter que no estaba frente a los focos: su enorme capacidad de trabajo. El sacrificio en el deporte seduce al aficionado. Quién no admiraría al chaval que a las siete de la mañana, antes de ir al colegio, lanzaba cientos de tiros a canasta o a la estrella consagrada que, tras un partido, se quedaba en la cancha, haciendo del perfeccionamiento rutina. Una imagen muy alejada del deportista mediático de hoy con séquito y peluquería. Vivió por y para el baloncesto.

Ejemplo de esta nostalgia por el genio de Sibenka la vemos en la actualidad en el debate sobre quién era mejor jugador con diecinueve años: Petrovic o Doncic. Una parte de los madridistas que se decantan por croata lo hacen afrontando la disputa con un punto de melancolía que blinda contra cualquier dato de la realidad. No es que no haya razones objetivas para tomar esta decisión; es que muchas veces las brumas del tiempo perdido distorsionan nuestro presente. Algo más o menos parecido sucede entre los seguidores de la NBA con la controversia Michael Jordan-Lebron James.

Drazen Petrovic, frente a los Boston Celtics | Foto: Realmadrid

Osadía, liderazgo, esfuerzo. Marrullería, infidelidad, discordia. Drazen Petrovic nos mostró con nitidez su personalidad. Y el comienzo de una nueva relación club-jugador-afición. A pesar de su espantada, nunca llegamos a odiarle. Anhelábamos su vuelta como una forma de restitución de los buenos tiempos perdidos. Sobre todo tras la muerte de Fernando Martín. También nos hizo aprender una palabra: sincinesia. Su movimiento involuntario de sacar la lengua, con el que aparentaba desafiar a su defensa, se llama así en neurología. Para él era ensimismamiento en su tarea; para nosotros, jugadores de asfalto y esperanza, imitación de un ídolo, que una muerte injusta en una carretera alemana convirtió hace veinticinco años en mito.

Texto: @pepecuadrado51

Foto de portada: AS

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